Siguiendo con la filosofía de la felicidad, hay que comprender la contraparte: la depresión nos acompaña como una sombra. Está en todas las caras largas de la micro, en la desesperanza que ves cada día en la tele, demasiado cerca... siempre. Así que escuchemos a una experta: a ver, esto salió publicado el 22 de Agosto del 2006, en la edición 1196 de la Revista Ya del El Mercurio de Santiago de Chile. En ella hay una columna estable de Sicología, que en general, la escribe Paula Serrano (sicóloga).
La leí hoy, en la kinesioterapia, y me pareció muy rescatable como mensaje público.

Interpretar la depresión

Paula Serrano, sicóloga

"Dice la filosofía que el amor es el motor de la vida y que el amor no es otra cosa que la capacidad de transformar a otro, al mundo.
Es de conocimiento público que la falta de amor y apego a la vida es el sentimiento esencial en la depresión. Falta de amor por uno mismo, falta de amor por los otros, por la naturaleza, por el trabajo, por la belleza. Todo lo erótico parece desaparecer, y la vida se viste de muerte. En las depresiones leves este desamor se manifiesta en lata, cansancio, desmotivación, ganas de estar sola. A medida que la depresión se agrava, el miedo se hace una contante, el aislamiento es necesario como el agua y las ganas de relacionarse con los objetos y las personas se hace difícil o imposible. Hay melancolía existencial o tristeza aguda. Lavarse es un esfuerzo, una tragedia, todo es una amenaza porque la percepción del mundo cambia y lo que queda es un lugar hostil donde la persona nunca está comoda ni segura. Muchos se preguntan por qué la depresión se ha convertido en la enfermedad de este siglo, y los expertos han dado muchas interpretaciones.
Si fuera cierto que el amor tiene una fuerza transformadora y si estamos de acuerdo que lo que se pierde en la depresión es el amor, entonces podríamos decir que lo que caracteriza a la depresión es la pérdida de la voluntad o capacidad de transformar.
Si pensamos en la postura física de una persona deprimida, podríamos dibujar un cuerpo con los brazos y los hombros caídos, una figura que se parece a la derrota. Esa imagen no es precisamente la de un transformador de mundos. ¿Es una imagen de desamor?
Pensemos en el amor de hoy. ¿Hay ilusión de cambio? Sí, cambio personal y cambio del otro. Hay la esperanza de que esa fuerza nueva que recorre el cuerpo y el alma dé origen a una nueva vida, concreta (los niños) y abstracta (la relación de ambos con el mundo). Eso sienten los enamorados de todos los tiempos. Nada ha cambiado la ilusión amorosa.
Sin embargo, quien comienza a amar está interferido por la realidad en que vive. Y en ella los cambios precen imposibles o efímeros. Nada dura, todo perece. No dura el amor, tampoco el matrimonio, tampoco las cosas, tampoco la tecnología, el paisaje que nos rodea.
Pero la contraparte es que tampoco duran las tragedias. La mujer trágica que fue abandonada por el gran amor y se quedó soltera pensando en él está ausente de nuestra realidad actual. Las mujeres de hoy saben que el dolor durará, dejará heridas, pero que se pueden reciclar y volver a amar. No sólo lo saben, así lo quieren y así lo buscan. Pasa lo mismo con otros amores, como el trabajo que fue antes un amor de por vida y hoy es al revés, la profesión puede cambiar, la carrera puede modificarse y los trabajos son para dejarlos por otro mejor. Se pueden hacer transformaciones, pero son casi todas menores.
No es una reflexión nostálgica. El mundo cambia y seguirá cambiando y está repleto de maravillas. Hablamos del amor y su capacidad transformadora. ¿Quién quiere que lo cambien? Es un valor actual defender la identidad a patadas si es necesario, no dejarse dominar, no dejarse invadir. ¿Puede permitírsele al amor una voluntad de cambio permanente? Difícil. Hay que amar y por ende transformar. Tal vez sea el remedio contra la depresión. Pero ¿cómo hacer cambios, cómo no frustrarse en el intento y caer derrotado?
Tal vez tendríamos que ver qué pequeñas cosas podemos cambiar en nosotros mismos y en nuestro entorno. Porque los grandes cambios son globales. Los jóvenes, los santos, no van a erradicar la pobreza ni van a conseguir que el medioambiente se limpie. Las grandes utopías murieron. Queda, parece, solo el cambio propio. Por eso proliferan en Occidente las corrientes orientales orientadas al mundo interno. Parece ser el único reducto posible de cambiar.
Difícil el amor en estos tiempos, difícil la transformación, más fácil la depresión.
Pero como hay que transformar para seguir amando (y viceversa), busquemos espacios de cambio que dependan de nosotros mismos.
¡Suerte!"

¡Así las cosas!
Mi opinión personal, es que para alcanzar un nivel de paz, hay que perdonar. Preguntarse por quién existe aún un nivel de resentimiento... ¿tiene mucho tiempo guardado? Cuidado, porque ese tipo de sentimientos se pudren adentro. De esas cosas, hay que liberarse, hacer los encuentros valientemente pertinentes (decir lo que se tenga que decir a la cara) si es que la persona está viva y gritarlas al cielo si no lo está. Porque la verdad es que no sabes hasta que los escuchas sinceramente si es que aceptan o no tus argumentos, y si no lo hacen, hiciste lo posible y igual los exorcizas.
Y puede ser hasta algo muy chico... ¿por qué te comiste todo el chocolate si sabías que me lo compraron a mí? hasta, mamá ¿xq nunca me escuchaste cuando era chica?
Esa es la gracia/desventaja de vivir con personas concientes.
1.- Tienen argumentos (válidos o no)
2.- Tienen memoria (alterada, o no)

Y bueno... ¿qué opinan?