Un día del 99, escribí este cuento.
Tenía 15 o 16? No lo sé.
Me gustaba mucho.
Logré, por una vez, transmitir lo que sentía en una analogía.
Y ahora que vi el "castillo andante..." me pareció adecuado subirlo.
Ahora que rescaté mi archivos de Diskette.
*taken from http://www.flickr.com/photos/willyw/260376110/
Tiempo en vano
-Otro día más...
- Otro, ¿más?
- Pasan rápido ¿eh?
- Si, demasiado...
***
La vieja estaba de nuevo sentada en la misma silla. Sus ojos, inmóviles, no apreciaban la belleza del entorno: un gran campo de trigo, pájaros en pleno canto y un sol radiante la rodeaban, mientras ella, impávida, se mecía bajo un corredor de jardín que le proporcionaba suficiente sombra.
Estaba sola, hace años que lo estaba. Esperaba su muerte, en plena calma. Su cara no denotaba ningún sentimiento.
Por su mente... inexplorable, difusa, increíble, pasaban imágenes, de pasados gloriosos, de bellezas, amores y aventuras.
Ella siempre fue una mujer extrovertida, nada importaba, ni nadie. Al pasar los años, su mente y su espíritu envejecieron , en fin, el tiempo no pasa en vano y trajo madurez a su corazón.
Jamás volvería a correr por el cultivo como solía hacerlo, en carreras con sus familiares o amigos.
Jamás volvería a ponerse su vestido de fiesta, siempre tan elegante.
Jamás volvería a cantar, su majestuosa voz era ahora un débil murmullo.
Jamás volvería a abrazarlo...
***
Siguió esperando. La brisa de la tarde empezaba a enfriarse y el cielo se teñía de un color anaranjado.
Largas horas se escurrían sin ser ocupadas. Siempre en silencio.
***
Bajo el manto negro de una clara noche de verano, pequeños puntos brillantes parecían contar el tiempo. La vieja corrió la vista. -¿Era él? No, imposible, solo el viento a través de la paja.- pensó. En su cara se dibujó la angustia, ¿es que jamás lo volvería a ver?. Cabizbaja, una lágrima corrió por su mejilla, la que secó inmediatamente... ella no podía llorar.
En impulso de desesperación, con algo de esfuerzo, se levantó de la silla. El doctor le había dicho que no podía estar fuera de la cama después de las nueve. Ya eran las once. Y, porfiadamente, no fue a dormir, sino al cultivo. -¿Estás ahí?, intentaba gritar.
Sus débiles piernas apenas lograban sostenerse, pero fue cada vez caminando más rápido, por interminables corredizos de oro, llamándolo. Llamándolo...
***
Súbitamente paró. Sus piernas se rendían. Permaneció parada por un instante, pero su cuerpo cayó estrepitosamente. Y lloró, por largos y angustiosos minutos, quizá horas. - Estoy perdida-.- Nadie vendrá por mí.-...
Y abrió los ojos, implorando a el cielo. En ese momento, se percató de una borrosa figura a su lado. Una sonrisa de esperanza precedió su pregunta: -¿Eres tú?, dijo.
Por toda respuesta, una oscuridad nubló sus ojos y ya no supo más.

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